viernes, 21 de febrero de 2014

Quizás el cuento en su esencia sea un tanto determinista, pero, no es lo importante en esta oportunidad pues como todo buen cuento, tiene su inicio en lo que inocentemente podría llamarse "casualidad", y que además, dicha casualidad no tiene nacimiento en este tiempo sino por el contrario se crea en un tiempo pasado. Con exactitud siete años a contar de este.

En las actividades propias del aprendizaje y la interacción entre sujetos ocurren situaciones que muchas veces a plena luz del día se ven como banales, sin embargo, la historia -y aquí entra el punto determinista del que hablé hace un rato- tiene otros planes ya establecidos para el curso de las miradas y todo lo que implique el percibir la vida como tal -una vida en ausencia de los otros no es vida, y ciertamente la felicidad sólo es tal cuando es compartida-.


Me han planteado la posibilidad de pensar en el oficio de portero, pero no el de un portero cotidiano y caricaturesco que aguarda en hoteles, edificios y otros espacios, sino de uno capaz de frenar el silencio, de abrir la puerta a los aprendizajes, a las actividades compartidas y dejar de la lado "la inclemencia del exterior". Claro, me agradó la idea porque veo en ella una complicidad fantasiosa capaz de notar belleza en un acto tan simple como el de abrir y cerrar puertas.


Y sucede que un portero con tal labor no puede negar que en sus raíces presentó la intención de agradar, de ofrecer un simbolismo más allá del azul, no puede negar que hace siete años cuando se manifestó por primera vez tuvo el propósito de ser eterno o al menos de ofrecer la posibilidad de su eternidad.



Es ahí donde se produce el giro que hoy lo ubica en uno de los oficios más bellos del mundo, si bien es cierto que parte de su identidad encierra una "complicidad fantasiosa" y la intención de borrar las huellas del tiempo, también es cierto que permite reencontrar con antiguos viajeros que, de alguna u otra manera lograron dejar su voz con un sentido un tanto infantil, inocente, casi -y sólo casi- imperceptible.

Tal vez por eso el portero no quiere dar su nombre, tal vez tiene miedo de perder la magia que lo encierra -sí, la magia existe, y una de las más poderosas se encuentra en las palabras dado que así como acercan también alejan con la misma fuerza, dado que así como permiten discursos fundan el estado de las cosas, dado que todo lenguaje es mágico porque es él aparece la performance y, al ser perfomático crea, es decir, el acto no existe fuera de la palabra que lo funda-. Tal vez piense que si da su nombre se volverá cotidiano, tal vez imagina que se naturalzará con el tiempo hasta volverse invisible para el observador.


Sea como sea este mágico ser presenta otra cualidad: la de llegar de golpe a los sentidos. Se abraza por la posibilidad del mañana, guarda en sus colores más de lo que su imagen cuenta -aunque algunos digan que la imagen miente-, reinventa los sueños cuando éstos parecieran estar agotándose, no, este portero es imprescindible para creer que el mañana será un buen tiempo -aunque todo indique lo contrario-.


Gracias portero.

domingo, 16 de febrero de 2014

EN LUGAR DE ESTAR PENDIENTE DE CAPTURAR UNA BUENA IMAGEN EN UN MOMENTO DETERMINADO, SE CAPTURA UN BUEN MOMENTO EN UNA IMAGEN DETERMINADA.