Con el viento roto
La voz gastada
La sonrisa obligada
Recordando tu memoria
Ausente de tus palabras
La respiración arrítmica
Los pasos enredados
El sentido perdido
Los libros, los libros enmudecidos.
Un rinconcito de calor, un espacio que entrega seguridad, certeza de dormir en paz evidenciando un estado de calma tremendo, un espacio que lo recorre todo, que alberga todo, un regalo para hoy y mañana, un momento que no se olvida ni desaparece, una sensación permanente de saber (de creer) que todo estará bien.
Dónde estás? Qué pasó con tu voz? Por qué lo que en algún momento se contempló como concreto ahora no es más que un bosquejo?
Menos reflexión, más orden natural.
Cuando se desarrollan situaciones cotidianas, frases o discursos propios de lo correcto, saludos y despedidas correspondientes a un juicio de conducta preestablecido los espacios permisivos de intimidad se pierden, en lugar de pronunciar las palabras que nos evidencian como seres individuales y próximos a la necesidad de los otros nuestra voz es ahogada con un grito ensordecedor de trivialidades. Se pierde la conexión con el resto, no hay espacio para la intimidad, no hay bosquejo de ser persona, no hay sentido de ser con los otros, para los otros y por los otros.