Cuando se desarrollan situaciones cotidianas, frases o discursos propios de lo correcto, saludos y despedidas correspondientes a un juicio de conducta preestablecido los espacios permisivos de intimidad se pierden, en lugar de pronunciar las palabras que nos evidencian como seres individuales y próximos a la necesidad de los otros nuestra voz es ahogada con un grito ensordecedor de trivialidades. Se pierde la conexión con el resto, no hay espacio para la intimidad, no hay bosquejo de ser persona, no hay sentido de ser con los otros, para los otros y por los otros.
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