jueves, 30 de enero de 2014

No creo que el silencio signifique exclusivamente que no haya nada que decir, a veces puede suceder que la situación o problema no sea el qué sino el cómo, y digo problema con respeto porque al ser un hecho concreto no es una realidad sino un estado propio del presente, al ser un estado propio del presente no puede ser un problema porque el problema implica que hay algo por resolver.

 Imagino que de igual manera este asunto se relaciona con la pequeña cantidad de “realidad” que incorporamos en nuestra existencia, y es que los sentidos son limitados y nos engañan –más de las veces que se pueden contar- por tanto vemos menos de lo que hay, olemos menos de las fragancias que inundan el aire, escuchamos menos de los sonidos que constantemente se pronuncian, sentimos menos de lo que el cuerpo es capaz de soportar, en suma, somos tremendamente limitados. Retomando la idea anterior, una vez que se tiene entre las manos ese fragmento de realidad que logramos captar viene el asunto de cómo vivirla –o si se puede vivir– porque claramente la toma de decisiones –y con ello las crisis– están a la orden del día.

Lo mismo debe pasar con la palabra escrita, el lienzo, los sonidos, la interpretación, es posible que en ellas el “problema” no sea el qué sino el cómo, y en algunas ocasiones el cuándo.


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